✍Mariano Gomá: Arquitecto, escritor y Presidente de Foro España Cívica/
Presidenta Marga Prohens:
Éste inusualmente no es un artículo político ni crítico con el dramático escenario que nos presenta el gobierno del frente populista llamado Frankenstein sino una reflexión de lo que somos los españoles y un cariñoso mensaje a la presidenta de la Comunidad Balear en Navidad con el deseo de que se mantenga fiel a nuestros orígenes, tradiciones, cultura e historia hoy día en el que hay seres perversos que quieren acabar con todo.
Tengo que empezar declarándome profundamente cristiano sin paliativos por lo que mis reflexiones y sentimientos de hoy se refieren a esa condición con todo lo que representan estas fechas de Adviento y, permítame afirmar que detesto a ese sector de la sociedad que elude, elimina, transforma y ridiculiza esa base común cristiana para convertirla en un festival de fastos y celebraciones grotescas que nada tienen que ver con el origen, nuestro origen.
Por ello no puedo hoy dejar de evocar aquellas creencias y tradiciones que ayudaron a dar sentido a mi niñez y que, ahora en una madurez ya avanzada, cobran mayor relevancia pues constituyen un mundo irrepetible, máxime cuando vemos a nuestro alrededor tanta desgracia y tanta miseria en niños condenados a no saber nunca qué es la ilusión o la fantasía lo que provoca la enorme necesidad de intentar ofrecer un instante de felicidad, de ilusión y sueño a un niño.
Yo, como todos los niños de mi generación había oído a Santa Claus, Papá Noël pero creía y vivía inmerso en la fantasía de los tres Reyes de Oriente que, viajando en sus camellos portaban preciosos regalos, oro, incienso y mirra aunque no supiéramos qué cosa era la mirra.
La fastuosa puesta en escena de aquellos hombres venerables cuya sola imagen era una promesa de felicidad, y que, aunque los tiempos hayan cambiado, mantiene que la ilusión de un niño sea la misma. Es como una tregua a los conflictos, que por unos días el mundo deja libre su imaginación, mira a los niños a la cara y es más fácil dar que recibir. También los adultos nos transportamos a un mundo más confortable, una mezcla confusa y deliciosa entre nuestros propios recuerdos y el deseo de complacer a los nuestros de una forma especial, dando incluso lo que no tenemos. Parece que todo es posible en los días navideños, la paz y la esperanza. Después, el telón baja y la realidad se impone de nuevo. Se acabo el festín de los sueños.
En mis recuerdos infantiles con la llegada del Adviento cristiano los primeros días de diciembre , se respiraba un clima de expectación y alegría por las inminentes emociones y celebraciones familiares. Clima de abrigo y de bufanda, incluso con un poco de suerte en nuestras latitudes, algunos copos de nieve que caían para darle a nuestros pueblos y ciudades aquella dosis de irrealidad festiva y complaciente que alienta el espíritu. La nieve del norte y el desierto del sur, los trineos de Santa Claus y los camellos de los reyes de Oriente viajaban a la misma velocidad, lentamente, los días de espera se hacían largos, sí, pero ninguno de nosotros se preguntaba cómo podían conciliarse ambos paisajes en uno. Los reyes parecían tener un destino que ya era un rito, pues cada año reemprendían el viaje hasta Belén y de allí a nuestras casas, mientras que Santa Claus salía de su refugio con todos los rumbos imaginables solo para repartir felicidad. Después todos desaparecían de la escena.
En mi casa, ya los primeros días de diciembre empezaba la gran expectación. De pronto, sonaba el timbre de la puerta y al abrirla aparecía en la alfombrilla “el Tió”. Se producía en mí una emoción incontenible al ver aquel tronco de árbol pequeño agujereado en su centro y con dos simples motas rojas en uno de sus lados para establecer donde tenía el rostro. La aparición mágica delTió lo cambiaba todo, era como el disparo de salida, tan sobrenatural y emocionante que todo mi mundo interior se veía alterado. Después, a lo largo de mi vida, he visto toda clase de “tiós”, algunos de aspecto grotesco, o romántico pero como expresión de una profunda decadencia, a mi entender. Trozos de madera con patas y con su mantita a cuadros como si fueran perritos falderos. Los he visto con barretinas, con gafas, bigotes, vestidos tradicionales y demás estupideces que confunden la nobleza de un leño con el esperpento. No hay por qué vestir al tronco del árbol. Para mí no hay tió más verdadero que aquel de mi infancia, cuando aparecía en la puerta de casa para que mi imaginación hiciera el resto.
Situábamos el tió próximo al radiador de calefacción para preservarlo del frío, sobre un cojín y tapado con una manta para que estuviera confortable durante los días que iba a permanecer entre nosotros, bien alimentado y cuidado pues la tradición establece que el día veinticuatro por la tarde “cagaría” (la palabra nunca me gustó). Para ello, varias veces al día la familia dejaba un plato delante de su cara con frutas varias y hortalizas para que comiera. Para mi gran sorpresa el tronco devoraba el plato rápidamente, al pasar de nuevo por allí ya no quedaba nada, señal de su estupenda salud. La digestión habría que verla … Como es de suponer el trasiego en la casa era notable con unos poniendo más comida y otros llevándosela en mis momentos de ausencia y distracción.
Así transcurrían felizmente los días del Adviento hasta que llegaba el día 24, cuando tenía lugar el gran momento. La “cagada del tió” consistía en una simple ceremonia familiar con los niños, amigos, allegados o vecinos en la que nuestro personaje invitado a la casa se disponía a “cagar” todo tipo de golosinas.
Nos situábamos los niños en fila india y armados con unos bastones largos para nuestra estatura. Con ellos golpearíamos con todas nuestras fuerzas y la energía de la que éramos capaces el tronco del tió para que fuera desprendiéndose de los frutos de todo cuanto había tragado en los días anteriores. La ceremonia se abría con un recorrido bailando y saltando en fila por todas las estancias y pasillos de la casa, siguiendo al director de la procesión y orquesta, que era mi padre. Cantábamos una canción en catalán que nunca olvidaré , maravillosa y que no voy a reproducir aquí.
Se cantaba hasta que mi padre hacía coincidir el final de la canción con nuestra llegada al tronco siempre tapado con la manta y ya bien surtido de regalos. Entonces descargábamos nuestros bastones golpeando su lomo con todas nuestras fuerzas hasta que al retirar la manta aparecían un montón de golosinas que repartíamos como quién regala toda la felicidad y la alegría que puede haber en el mundo. Al final, agotado por el esfuerzo después de contribuir a la felicidad de los niños, ya no podía más que dejar un carbón dulcísimo, claro síntoma de que se acababa la ceremonia con gran disgusto de los pequeños. Y sin saberse nunca cómo ni por qué el tió desaparecía de nuestras vidas, pero no de nuestros sueños, hasta el año siguiente.
Qué poca cosa y tan sencilla creaba una tarde de felicidad compartida. Con esa ceremonia daba comienzo la Nochebuena y todas las fiestas que la seguían, siendo tradicional en las familias la cena apetitosa del día veinticuatro y el almuerzo formal al día siguiente, Navidad.
Así pues, empezaban las fiestas de Navidad con la familia reunida y salpicando los momentos con juegos y chiquilladas, zambombas y alegría. Para nosotros ese día no había regalos, ni hacía acto de presencia Santa Claus. Los regalos tardaban en llegar, venían a lomos de camellos guiados por pajes, pero ya sabíamos que el 25 se habían puesto en camino hacia nuestras casas.
Pasados los días en los que tan solo era interesante y divertido el día llamado de los inocentes, en que la gente se gastaba pequeñas bromas o engaños sobre situaciones o acontecimientos. Todos participaban de esa experiencia juguetona que anticipaba el final del año. Como si hubiera la necesidad de arrancar de él una última sonrisa. Incluso la prensa se divertía con alguna “inocentada” que lógicamente al día siguiente había que desmentir. A los más inocentes se les colgaba con un alfiler un muñequito de papel en la espalda -la llufa- sin que se dieran cuenta, lo cual era una puerilidad sencilla y sin malicia ninguna.
Así se llegaba a la noche de fin de año, la fiesta que mejor conserva la tradición. Apenas hay novedades: las cenas de traje, el revellón, las doce campanadas, las uvas... La costumbre de salir y divertirse con una escenografía que tampoco ha cambiado demasiado: confeti, espantasuegras, gorritos de papel dorado y mucho cava. Más que una verdadera fiesta es un decorado. Un telón que se levanta por unas horas y que suele dejar un rastro indeseado
En mis recuerdos infantiles era el momento de la aparición de un nuevo y entrañable personaje al que llamábamos “l’home dels nassos”. Se trataba de un hombre vestido de frac, elegante y misterioso, que se caracterizaba por presentar una enorme y prominente nariz aguileña y colorada a reventar como si estuviera al límite de venas y capilares. También repartía golosinas y pequeños regalos mientras entre los pequeños corría la información de que al personaje le iba creciendo la nariz durante todo el año y por eso el último día la tenía tan monstruosa que presentaba ese terrible aspecto, cayéndose esa noche con las campanadas para volver a empezar el ciclo de crecimiento con el nuevo año.
Esas tradiciones llenaban nuestra vida de alegría y felicidad y todavía hoy puedo sentir la enorme satisfacción que me produce poder recordarlo con tanta claridad. Bueno es si los recuerdos nos provocan una sonrisa de agradecimiento por toda aquella ternura que la vida nos brindó y que debería ayudarnos cada día a reconocer los privilegios que tuvimos. Con más razón cuando uno piensa en tanta gente que no ha podido experimentar los maravillosos placeres de la infancia.
Los días navideños se cerraban con la traca final de los Reyes Magos y sus luminosas y vistosas cabalgatas organizadas en cada pueblo o ciudad de España. Su aspecto no podía ser más impresionante a la mirada infantil: la variedad de sus aspectos -uno albino, el otro rubio y el ultimo negro, la riqueza de sus vestidos cubiertos de mágica pedrería, los pajes que los acompañaban, las carrozas, los caramelos, todo ello prometía una experiencia fastuosa. La noche de Reyes costaba muchísimo conciliar el sueño, el corazón se salía del pecho ante la promesa de los regalos.
Hace unos años tuve el enorme placer de representar al Rey Gaspar y reconozco que es una de las experiencias más mágicas y maravillosas que la vida me ha brindado.
Pero volviendo a la niñez, así transcurrió mi infancia al igual que la de millones de niños que hoy podemos recordar esos años y creo que hoy deseamos en la medida de nuestras posibilidades mantener todas esas tradiciones para seguir si es posible alimentando los sueños e ilusiones de los seres humanos. Debemos aceptar que tenemos una asignatura pendiente de poder con nuestra pequeña ayuda conseguir que cada vez más niños de los millones que viven en la miseria sin haber tenido jamás un regalo ni haber podido reír de alegría, sean capaces por un instante de sentir la felicidad en sus corazones.
Esa Navidad me fue transmitida y lo haré con quienes me siguen. La estrella, el pesebre, la divina familia, el niño Dios, la emoción y el amor, los complementos de alegría, las creencias y el mundo cristiano.
Querida presidenta Marga Prohens. Le ruego encarecidamente que en la medida de sus posibilidades mantenga en su comunidad ese mundo tradicional que debe seguir alimentando nuestras creencias con una inyección de cultura, ilusión y amor de personas y familias porque hoy día todo ello nos es enormemente necesario en un mundo que muchos quisieran destruir con guerras y doctrinas violentas totalmente enemistadas con los valores humanos.
Los que hoy estamos tenemos una gran responsabilidad ante las generaciones venideras.
Y le digo todo esto porque me consta que lo hará.
FELIZ NAVIDAD A TODOS.
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