Mucho antes de la escritura, los seres humanos de la prehistoria ya sentían la necesidad de comunicarse, expresarse y dejar constancia de su existencia. Por eso pintaban en las paredes de las cuevas, utilizando pigmentos naturales obtenidos de minerales, carbón y grasas animales.
Estas pinturas no eran simples dibujos. Representaban animales, escenas de caza, símbolos y manos humanas, y cumplían múltiples funciones: transmitir conocimientos entre generaciones, explicar el entorno, reforzar la identidad del grupo y, en muchos casos, cumplir un sentido ritual o espiritual, como pedir éxito en la caza o protección.
Las cuevas ofrecían un espacio seguro y duradero, donde las imágenes podían conservarse durante miles de años. Gracias a ellas, hoy conocemos cómo pensaban, qué temían y qué valoraban las primeras comunidades humanas.
Estas expresiones artísticas demuestran que, incluso en los orígenes de la humanidad, el ser humano ya buscaba entender el mundo y expresar emociones a través del arte.
La prehistoria no solo fue supervivencia: también fue creatividad y pensamiento simbólico.
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