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✅ Calviá: la agricultura que resiste entre hoteles, playas y memoria

Mercado de los sábados en Santa Ponsa (Calviá)                                     © Foto/ Fco. José Castillo


Francisco José Castillo NavarroDirector General del Grupo Periódico  de Baleares, Presidente Fundador de AMC/

Mientras miles de turistas recorren cada año las playas de Calviá, en la isla de Mallorca, buscando sol y descanso, tierra adentro ocurre algo mucho más silencioso: el campo sigue vivo.

Entre urbanizaciones y carreteras, todavía hay manos que siembran, espaldas que se inclinan al amanecer y familias que mantienen un vínculo casi sagrado con la tierra. Calviá, conocido internacionalmente por su oferta turística, conserva en sus márgenes una agricultura humilde pero resistente, una forma de vida que se niega a desaparecer.

Aquí, donde el Mediterráneo marca el ritmo de la economía, los agricultores trabajan parcelas heredadas, cultivan almendros, cereales y huertos tradicionales, y mantienen vivas prácticas transmitidas durante generaciones. Son hombres y mujeres que han visto cómo el municipio crecía hacia el mar mientras el interior quedaba relegado al silencio rural. Aun así, permanecen.

Para muchos, no se trata solo de producir alimentos. Es una cuestión de identidad, de pertenencia y de respeto a los antepasados que labraron estas tierras antes que ellos.

En los valles del municipio todavía se reconocen las terrazas de piedra seca, los caminos rurales y los campos abiertos que durante décadas alimentaron a la población local. Hoy, esos mismos espacios representan una oportunidad para el futuro: jóvenes que regresan al pueblo, proyectos de agricultura ecológica, pequeñas explotaciones familiares y nuevas formas de entender el campo como motor de desarrollo sostenible, capaz de mantener escuelas, servicios y la vida comunitaria viva.

La transición ecológica ha comenzado a abrir una puerta inesperada. Algunos agricultores han apostado por cultivos respetuosos con el entorno, por la recuperación de variedades locales y por sistemas de producción que cuidan el suelo y el agua. Otros combinan la actividad agraria con educación ambiental, venta directa y experiencias rurales, creando un puente entre el mundo rural y el visitante.

También la ganadería tradicional empieza a recuperar su lugar, ayudando a conservar el paisaje mediterráneo y a prevenir incendios, demostrando que el campo puede ser aliado del medio ambiente y no su enemigo.

Pero quizá lo más valioso no son los proyectos, sino las personas.

Como María, que dejó un empleo estable para volver al terreno de sus abuelos. O Joan, que sigue levantándose antes del alba para atender su huerto, aunque sus hijos trabajen ahora en hoteles. O las familias que cada semana llevan sus productos al mercado local, orgullosas de ofrecer alimentos cultivados a pocos kilómetros de casa.

Ellos encarnan una verdad sencilla: sin agricultores no hay territorio, y sin territorio no hay futuro.

En Calviá, la agricultura sobrevive entre contrastes. Convive con complejos turísticos y carreteras transitadas, pero también con ferias rurales, mercados semanales y celebraciones populares que recuerdan que este municipio fue, mucho antes que destino vacacional, un espacio agrícola.

Hoy, el campo calvianer representa una esperanza discreta frente al abandono rural. Un recordatorio de que el progreso no debería significar olvidar las raíces.

Porque mientras haya alguien dispuesto a sembrar, cuidar y cosechar, la memoria del territorio seguirá respirando. Cada semilla plantada, cada huerto abierto, cada mercado que conserva la tradición, es un mensaje claro: la agricultura y la vida rural tienen futuro, incluso en un municipio turístico como Calviá. Y mientras los agricultores sigan trabajando con pasión y perseverancia, los pueblos seguirán siendo más que un paisaje; seguirán siendo hogar, historia y esperanza.

👉 Si quieres leer más artículos del autor, enlace: Francisco José Castillo Navarro


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