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La ciencia demuestra que el instinto maternal no es automático ni igual en todas las mujeres, ya que depende de cambios cerebrales, hormonales y de factores personales como el parto o la salud mental.
Durante años, el instinto maternal se ha interpretado como una construcción cultural o como una respuesta automática que aparece tras el nacimiento de un hijo. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que durante el embarazo, el parto y la crianza se producen cambios profundos en el cerebro y en las hormonas que predisponen al cuidado del bebé, aunque este proceso no es igual en todas las personas ni aparece siempre de forma inmediata.La psiquiatra especializada en salud mental reproductiva Bianca Granados explica que, a nivel biológico, el cerebro femenino experimenta modificaciones durante el embarazo que favorecen el deseo de proteger y cuidar al recién nacido. No obstante, advierte que este mecanismo puede verse condicionado por experiencias previas, pérdidas gestacionales, partos traumáticos o por el estado de salud mental de la madre. En estos casos, la vinculación puede aparecer de forma progresiva y no necesariamente en el primer contacto con el bebé.
Granados subraya que no sentir un “amor inmediato” tras el parto es una experiencia normal y que no determina la calidad del vínculo futuro ni la capacidad de ejercer la maternidad. Según la especialista, el apego se construye con el tiempo, a través de la convivencia y el cuidado diario, y cada mujer vive este proceso de manera distinta.
Desde el punto de vista endocrinológico, la médica especialista Paloma Gil señala que durante la gestación las hormonas ejercen un efecto neuroprotector y aumentan la plasticidad cerebral, facilitando la adaptación al cuidado del bebé. Cambios hormonales como el aumento de la oxitocina, la prolactina y los estrógenos activan circuitos cerebrales relacionados con el refuerzo emocional y desactivan los asociados al rechazo.
Además, investigaciones lideradas por la neurocientífica Susana Carmona han demostrado que las mujeres embarazadas experimentan una reducción de la sustancia gris en áreas cerebrales vinculadas a la empatía y la cognición social, un proceso interpretado como una especialización cerebral orientada a la maternidad. Estos cambios pueden mantenerse al menos durante los dos años posteriores al parto.
La ciencia también ha confirmado que el cerebro de los padres cambia con la crianza, aunque en menor medida y más influido por factores ambientales que hormonales. Cuanto mayor es la implicación en el cuidado, mayores son las adaptaciones cerebrales y emocionales asociadas a la conducta parental.
En conjunto, los expertos coinciden en que el instinto maternal no es una experiencia uniforme ni automática, sino un proceso biológico y emocional complejo, profundamente influido por la historia personal y el contexto vital de cada madre y cada familia.







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