Hay un día que muchos cubanos hemos vivido miles de veces en la imaginación. Un día que no aparece en los calendarios, pero que respira en la memoria colectiva de quienes nos marchamos. El día del regreso.
Pero
este no es un regreso cualquiera. Es algo más profundo, más íntimo, más difícil
de explicar. Es el regreso a la raíz porque quien se va de Cuba nunca se va del
todo. La isla permanece viviendo dentro de nosotros como un rumor constante: en
una canción que aparece de pronto, en el olor del café recién colado, en la
manera de reír que heredamos de nuestras calles. Cuba se queda en los gestos,
en las palabras, en esa forma irrepetible de mirar la vida con mezcla de
ternura, ironía y esperanza.
Por
eso, cuando imagino volver, regreso a la cuna, al barrio de las risas y los
juegos, donde la infancia parecía eterna. Vuelvo a aquellas calles donde cada
puerta estaba abierta y cada vecino se conocía. Allí donde las conversaciones
se alargaban en los portales y la vida transcurría con la sencillez de lo
cotidiano.
Regreso
al abrazo de la juventud. A los años de universidad, a los sueños grandes que
cabían en nuestras mochilas de estudiantes. Regreso a las primeras
responsabilidades, al primer trabajo, al orgullo humilde de sentir que
empezábamos a construir una vida. Y también regreso al primer amor, ese que permanece
flotando en la memoria como una tarde detenida en el tiempo.
Pero
este regreso imaginado tiene un sabor distinto. Sabe a los años largos de
añoranza, a la distancia que nunca logró apagar el amor por la isla. Tiene el
peso de los años vividos lejos, de la nostalgia acumulada, de ese exilio que se
convirtió en destino para millones de cubanos. Un exilio que nos enseñó a vivir
en otras tierras sin dejar nunca de mirar hacia la nuestra.
Porque
el exilio no es solo distancia. Es una forma de espera. Una espera larga, a
veces silenciosa, a veces dolorosa, pero siempre acompañada por una certeza
íntima: algún día volveremos.
Cada
cubano que partió llevó consigo un pedazo de Cuba en el corazón: una canción,
un olor, una palabra, una manera de reír. Por eso el regreso no es solamente un
viaje; es una reconciliación con el tiempo, con la historia, con nosotros
mismos.
Regresaremos
al mar. A ese mar que rodea la isla como una respiración antigua. Un mar que
tiene un olor único, mezcla de sal, sol y memoria. Un mar que parece guardar
los secretos de todos los que se marcharon.
Regresamos
a las playas donde el horizonte parece infinito.
Al
malecón, ese muro de sal y viento donde se han sentado generaciones a soñar y
que nos recuerda que pertenecemos a este lugar.
Al
Morro, ese guardián de piedra que lleva siglos contemplando la bahía, testigo
de siglos de historia y de despedidas que algún día tenían que convertirse en
reencuentros.
Regreso
al paisaje verde profundo de la isla. A los caminos que atraviesan campos
húmedos y fértiles. Al vuelo rápido del colibrí y a los colores delicados de
las orquídeas que nacen entre la vegetación como pequeñas joyas de la
naturaleza.
Regreso
al canto de los pájaros al amanecer, al rumor del viento entre las palmas, a la
tierra que respira vida bajo el sol del Caribe.
Pero
Cuba no es solo paisaje. Cuba es su gente.
Y
por eso regreso a la risa del cubano, esa risa luminosa que ha sobrevivido a
las dificultades más duras. A la capacidad de hacer fiesta incluso cuando la
vida se pone cuesta arriba. A esa forma única de mirar el mundo con ironía,
ternura y coraje al mismo tiempo.
Regreso
a la música que brota en cualquier esquina, al son que se cuela por las
ventanas abiertas, al ritmo que nace en la sangre, como un latido antiguo que
no se aprende, sino que se recuerda.
Regreso
al dominó golpeando fuerte sobre una mesa de madera, al aroma del café
compartido en la mañana, a las historias contadas en voz alta entre amigos que
nunca dejaron de sentirse hermanos.
Y
entonces imagino el día del reencuentro. Imagino ese día en que los cubanos que
vivimos lejos volvamos a caminar por las calles de la infancia sin miedo, sin
nostalgia, sin la sensación de haber dejado algo inconcluso. Imagino
aeropuertos llenos de abrazos largos, de lágrimas que ya no nacen del dolor
sino del alivio.
Familias
que vuelven a reunirse después de demasiados años separados. Padres que abrazan
a hijos que crecieron lejos. Amigos que se reconocen, aunque el tiempo haya
dejado sus marcas.
Esa
Cuba será la del reencuentro de un pueblo consigo mismo. El cierre de una
herida que ha atravesado generaciones.
Y
cuando ese día llegue, la isla volverá a respirar con todos sus hijos. Las
calles volverán a llenarse de esperanza, de voces jóvenes que ya no tendrán que
buscar su futuro lejos de casa.
Entonces
el regreso dejará de ser un sueño.
Y
Cuba volverá a ser plenamente lo que siempre fue en el corazón de sus hijos:
una tierra de luz, de música, de naturaleza exuberante y de alegría indomable.
Ese
día, al tocar la tierra nuevamente, cada cubano sabrá que no solo ha regresado
a un país.
Ha
regresado a su hogar.
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