✍ Fulgencio Coll Bucher, Militar retirado, Político/
Una guerra preventiva es una acción armada iniciada para repeler una amenaza percibida como inminente o para obtener una ventaja estratégica antes de un conflicto ineludible, siendo un concepto disputado y a menudo considerado ilegal por el derecho internacional. El presidente de los Estados Unidos definió a Irán como una amenaza latente a la seguridad global, el “primer patrocinador estatal de terrorismo” y un “régimen asesino”. Donald Trump justificó la guerra con el argumento de que no permitiría a Irán tener un arma nuclear. Por parte del gobierno israelí lleva años señalando que Teherán busca dotarse de la bomba atómica, lo que supondría una amenaza inaceptable dado que es un país que no reconoce al Estado de Israel y emite con frecuencia en sus mensajes oficiales la consigna "muerte a Israel”. Recordemos que Irán lleva 47 años patrocinando el terrorismo islamista por el mundo, en España recordemos el atentado de 1985 con 18 muertos o el atentado contra un político inigualable y ejemplar como Alejo Vidal Cuadras.
Para la OTAN, corren tiempos difíciles para el optimismo. Sin embargo, su secretario general, Mark Rutte, parece que no se deja intimidar.
El presidente Trump, que no desaprovecha oportunidad para menospreciar a la OTAN, ha declarado que la Alianza “se enfrenta a un futuro muy sombrío” en el caso de que sus miembros no apoyen a Estados Unidos a reabrir el estrecho de Ormuz, bloqueado por Irán. Hace una semana, el Reino Unido, junto con diecinueve aliados de la OTAN, además de Australia, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur, expresaron su “disposición a contribuir a los esfuerzos necesarios para garantizar el paso seguro por el estrecho”. Sin embargo, desde entonces no se ha producido ningún avance significativo. En la sede de la OTAN en Bruselas, no se ha debatido la posibilidad de una operación marítima coordinada.
La guerra ha impactado directamente a la Alianza. Misiles iraníes han sido interceptados por sistemas de defensa aérea de la OTAN en Turquía, la misión de entrenamiento de la OTAN en Irak se ha retirado y los F-35 estadounidenses han sido transferidos del ejercicio “Cold Response” en Noruega al Golfo Pérsico. Algunos aliados se han mostrado reacios a unirse a la campaña estadounidense-israelí, pero en varios países, incluidos el Reino Unido, Francia, Alemania, Grecia, Italia y Portugal, se han utilizado bases para facilitar “una de las operaciones logísticamente más complejas en las que el ejército estadounidense ha participado en décadas”. Solo España ha denegado con firmeza el acceso de Estados Unidos a sus bases.
El apoyo práctico no ha sido, por tanto, insignificante. Sin embargo, en el plano político, Estados Unidos ha actuado de forma aislada. Los principales aliados de la OTAN, Alemania, el Reino Unido y Francia, se han mantenido al margen. El actual archienemigo de Trump en Europa, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha condenado públicamente la guerra, a la que califica de “ilegal”. Aprovechando la ocasión podía auto condenarse, por la probada ilegalidad de que España no tenga presupuestos. El Señor del “No a la guerra” como reclamo electoralista, está permanentemente en la ilegalidad democrática.
No deja de ser curioso, el ímpetu con el que Pedro Sánchez se opone al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. No se opone en virtud de que mantenga una política diferente, dado que a España es difícil presentarla como si la tuviese; de esta forma, todos los indicios llevan a la conclusión de que la “performance” le sirve para irse de vacaciones de Semana Santa, a la vez que mantiene al auditorio entretenido.
Desde hace mucho tiempo, hablar de la política exterior española es hacerlo como la de un súbdito irreflexivo de la Unión Europea. La Estrategia de Acción Exterior de España 2025-2028 afirma tener como principios de actuación: “una Europa reforzada, una España comprometida y una España que construye paz y seguridad”. Lo lógico sería haber empezado recurriendo a la soberanía y a los intereses nacionales, elementos en los que se debe basar el Estado. En esta ocasión, las declaraciones de la Ministra de Defensa sobre las restricciones al empleo de las bases son patéticas, cuando la munición iraní para “acariciar a Occidente” lleva la imagen del Sr. Sánchez, que está más cerca de Hamas que de los gazatíes.
Cuando se traslada uno por la red de carreteras del Estado español, se observan señales de tráfico que indican: “firme en mal estado”. Los ferrocarriles funcionan anárquicamente, con una fiabilidad dudosa en cuanto a la seguridad y un horario aleatorio. La justicia, perezosamente, señala que para los catalanes la enseñanza del castellano no es la de un dialecto ibérico. La emigración en masa es un asunto que es capaz de autorregularse, si se les permite votar. Los Presupuestos Nacionales son una mera anécdota, cuyo vacío se traslada al inconsciente. La deuda catalana es presentada como una corriente filosófica multifacética, mientras que las centrales nucleares son buenas o malas según su ubicación.
En resumen: estos son tiempos difíciles para el optimismo. Si los tiempos son difíciles, aquí en España, con Pedro Sánchez, son críticos.
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