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✅ LO MÁS VISTO DEL DÍA: Una llamada a no ser indiferentes en tiempos de Semana Santa

El despertar de la conciencia ante el dolor humano

Composición de Semana Santa con Cristo en la cruz, una joven enferma y escenas de crisis humanitaria en Cuba y conflictos bélicos.

✍ Rita Toymil, Escritora/

A las puertas de la Semana Santa, el corazón se detiene ante todo aquello que nos interpela y nos duele. No llegamos a estos días desde la calma, sino desde una realidad cargada de preguntas. Entre ellas, resuenan con fuerza la muerte asistida de Noelia, que permanece como un susurro de fragilidad y límite; la profunda crisis de Cuba, que nos recuerda el sufrimiento silencioso de un pueblo entero; y el desconcierto que provocan ciertos liderazgos políticos, reflejo de una humanidad que a menudo no reacciona con la firmeza necesaria ante el desatino. Todo converge en esta semana como un espejo incómodo pero necesario, que nos invita a mirar de frente la vida, la muerte, el dolor y la esperanza, y a preguntarnos qué lugar ocupa Dios en medio de todo ello.

Hay historias que irrumpen con fuerza, como heridas abiertas, pero también como llamadas urgentes a despertar. La muerte de Noelia, en su extrema fragilidad, nos enfrenta al límite de la vida humana: ese lugar donde el dolor pide descanso y el alma clama por paz. No se trata solo de su historia personal, sino de la de una humanidad que muchas veces no sabe cómo acompañar el sufrimiento, que vacila, se fragmenta y trata de encontrar sentido en medio de la incertidumbre.

Pero no hace falta detenerse únicamente en historias individuales para comprender la gravedad del momento que vivimos. El mundo entero parece haberse convertido en un escenario de dolor colectivo. Las guerras actuales —tantas, demasiado cercanas y peligrosamente normalizadas— nos muestran hasta qué punto la humanidad puede extraviarse. Pueblos enteros desgarrados, familias rotas y vidas inocentes reducidas a cifras son una realidad que, en muchos casos, contemplamos con una inquietante indiferencia.

Esa indiferencia se hace aún más evidente cuando miramos a lugares como Cuba. Un pueblo entero empujado al límite, marcado por la escasez, la desesperanza y la falta de horizontes. No se trata solo de una crisis política o económica, sino de una herida profundamente humana que clama por dignidad, atención y compasión. Y, sin embargo, el mundo observa —cuando observa— sin que surja una respuesta firme, sin que se levante una voz capaz de sacudir las conciencias. Este es, quizás, el motivo más preocupante: no solo la existencia del dolor, sino nuestra capacidad de acostumbrarnos a él. La normalización del sufrimiento ajeno nos vuelve insensibles y nos aleja de lo esencial.

Y, sin embargo, en estos días de Semana Santa, el mundo vuelve —aunque sea tímidamente— a mirar hacia la cruz. Ese lugar donde la violencia alcanzó su máxima expresión, pero donde no tuvo la última palabra. La cruz no niega el dolor, lo atraviesa. No justifica la injusticia, la desenmascara. No responde con más odio, sino con amor.

Hoy vivimos muchas veces como si Dios no estuviera, como si su silencio fuera ausencia y como si el poder, el dinero o la fuerza fueran el verdadero centro. Así, el mundo se desangra en historias personales como la de Noelia, en guerras que siguen arrebatando vidas y en pueblos enteros, como el cubano, que resisten en el límite sin ser verdaderamente escuchados.

Pero Dios no desaparece porque lo ignoremos. Sigue presente en lo pequeño, en lo invisible, en aquello que resiste. Está en quien acompaña a alguien que sufre, en quien defiende la dignidad de una víctima, en quien se niega a aceptar la violencia como norma y en quien levanta la voz cuando otros callan.

Todas estas realidades nos lanzan un mismo mensaje: no podemos seguir siendo indiferentes. Este no es tiempo de mirar hacia otro lado, sino de despertar la conciencia.

Ser mejores no es un ideal abstracto o lejano. Es una decisión concreta y urgente: elegir la compasión frente al juicio, la paz frente a la violencia, la solidaridad frente al abandono y el compromiso frente al silencio. Porque el mayor peligro de este mundo no es solo el dolor o la muerte, sino olvidar que cada vida es sagrada. Si el mundo parece desoír a Dios, quizás es porque hemos dejado de reflejarlo en nuestras acciones. Dios no grita: se encarna. Y solo puede ser escuchado en la vida de quienes aman, de quienes actúan, de quienes no se resignan.

Aún estamos a tiempo. A tiempo de humanizar este mundo herido, de no callar ante la injusticia, de sostener al que sufre y de volver a Dios a través del amor vivido. Tal vez entonces —solo entonces— la humanidad vuelva a recordar que, incluso en medio del dolor y de la muerte, el amor sigue siendo la última palabra.

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