El desafío de convivir con la tecnología sin perder nuestra esencia y conexión humana
| En la era del algoritmo la ventaja sigue siendo humana |
✍ Rita Toymil, Escritora/
El poder de lo humano en la era de los algoritmos
Responder más rápido, decidir mejor, producir más. Y, sin embargo, en medio de esa eficiencia creciente, aparece una inquietud difícil de ignorar: ¿qué pasa con lo humano cuando lo delegamos casi todo?
La deshumanización no ocurre de golpe. No es una ruptura evidente, sino un deslizamiento sutil. Está en los pequeños gestos que dejamos de hacer: escribir menos a mano, recordar menos números, preguntar menos a otros porque una máquina siempre tiene la respuesta. Poco a poco, ciertas capacidades que antes nos definían se vuelven innecesarias, y con ellas, también ciertas formas de relación.
La IA no siente, no duda, no se equivoca como nosotros. Y ahí está su fuerza, pero también su límite. Porque en lo humano hay algo valioso precisamente en la imperfección: la pausa antes de responder, la emoción que interrumpe una idea, el error que abre caminos inesperados. Cuando todo se optimiza, esas grietas desaparecen. Y en esas grietas, muchas veces, es donde habitaba el sentido.
También cambia la forma en que nos miramos entre nosotros. Si una máquina puede escribir, crear, diagnosticar o incluso acompañar, surge una pregunta incómoda: ¿seguimos siendo necesarios en lo que hacemos? Esa duda no solo afecta al trabajo, sino a la identidad. Nos obliga a redefinir qué significa ser humano en un mundo donde ya no somos los únicos capaces de pensar y producir.
Pero quizá el verdadero riesgo no es la inteligencia artificial en sí, sino cómo elegimos usarla. La deshumanización no viene de la tecnología, sino de la renuncia a lo que nos hace humanos: el vínculo, la empatía, la presencia. La IA puede ayudarnos, pero no puede reemplazar lo que ocurre entre dos personas que se escuchan de verdad.
Tal vez, en lugar de resistirnos o entregarnos por completo, el desafío sea otro: aprender a convivir sin olvidar. Usar la tecnología sin dejar que nos use. Hay que recordar que, aunque una máquina pueda imitar muchas cosas, hay algo que no puede reproducir del todo: esa mezcla de memoria, emoción y fragilidad que nos hace profundamente humanos.
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