El espejo del campeón: Cuando el fútbol abraza al futuro
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| (IA imagen) El cambio de era: el peso de las dos estrellas y un futuro que ya es presente |

Ya ha pasado una semana de la gran victoria de España y todavía resuena en muchos aspectos. Está bien, que algunos argentinos digan que les robaron la copa, que el mundo los odia, que España tuvo ayuda, que la FIFA ya tenía todo preparado. Cada quien se cuenta la mentira que necesita para que la realidad no le caiga tan pesado y la realidad es esta. Argentina perdió y perdió no porque el planeta entero se haya reunido para conspirar contra ellos, perdió porque España en un partido fue mejor y superior, y con eso deberia bastar. Tampoco entraré en lo tramposos, marulleros y mentirosos de los jugadores argentinos, y la dureza de las entradas que muchas merecieron la roja, y solo se llevaron una.
Entre el duelo ajeno y la grandeza propia
No me voy a meter en el duelo ajeno, háganle como quieran y menos cuando ese duelo viene con teorías de complot, con victimismo y la sorpresa de descubrir que perder duele como si jamás hubieran perdido en una final, como si perder en un partido no fuera una posibilidad o no fuera algo que ya han vivido antes todos los equipos.
Yo hoy prefiero hablar de España porque España no sólo ganó un Mundial, ganó mostrando la cara del país que ya es.
Rostros, barrios y valentía: Las historias que hacen la camiseta
Ahí está Nico Williams abrazando a una familia que sabe perfectamente lo que cuesta empezar desde cero. Está Lamine Yamal todavía con cara de niño llevando a Rocafonda, con dos culturas a sus espaldas, llevando hasta lo más alto del fútbol. Está Borja Iglesias demostrando que se puede tener mucho carácter, pero hablando de salud mental, de diversidad, de racismo, puede ser feminista, hablar de justicia sin perder la hombría. También Cucurella que con tan sólo cantar una canción hace enfadar a todo un país.
Está Ferran, Porro, Rodri, Dani, Olmo, Unai Simón, aunque casi no lo vimos en la final. Lleno de historias distintas este equipo, familias distintas, barrios distintos, pero una misma camiseta y eso es justo lo que hace tan potente a esta selección. España ganó con hijos de migrantes, con chavales de barrios obreros, con futbolistas que no responden a esa idea vieja y ridícula de cómo se debe ver un campeón. Con el gran seleccionador, Luis de la Fuente, que los conocía desde las categorías inferiores, y valoro su trabajo y esfuerzo, lo que convertio esta selección en una gran familia, luchando todos a una.
La identidad no se rompe: Evoluciona
España ganó porque entendió algo mucho más importante, algo que muchos países no han entendido, que la identidad no se rompe cuando cambia, se rompe cuando se aferra a una versión de sí misma que ya no existe. Esta selección se parece a la España real, la que se mezcló, la que cambió, la que tiene otros apellidos, otros colores de piel y otras historias de familia. Que vaya quedando claro, ya de una vez, que una bandera no se hace más grande cuando la usas para decir quién no pertenece, se hace más grande cuando logra que más gente diga «aquí también estoy yo».
¡La España Real!
El verdadero trofeo
Eso es lo verdaderamente bonito de este campeonato, que millones de niños vieron a Nico, a Lamine y a todos los jugadores de España, entendiendo que no tienen que parecerse a los de siempre para llegar hasta allá, que no tienen que venir del barrio correcto, que no tienen que apellidarse de cierta manera. Por eso que otros se queden con sus excusas, que culpen al árbitro, a la FIFA, a Europa, al clima, a la alineación de los planetas. España no necesita discutir, tiene la copa, pero sobre todo tiene algo que no se compra, que no se manipula y que no regala ningún árbitro.
Tiene una generación entera viéndose en esa selección y pensando «yo también puedo». España ganó el Mundial, pero además ganó algo todavía más difícil, consiguió que su país se pareciera un poco más a su equipo y que su equipo representara por fin al país que ya viene y tiene.






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