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Gobernados por mediocres: la decadencia política que el ciudadano ya no soporta

 

La paciencia del ciudadano se ha agotado. No está cansada: está rota. Lo que antes era desconfianza hoy es hartazgo, y lo que ayer era crítica se ha transformado en indignación abierta. La clase política actual, sin excepción de siglas ni colores, ha conseguido algo histórico: desconectarse por completo de la realidad del pueblo al que dice representar.

Los datos hablan solos. En los tres primeros puestos del Top 10 de los artículos más leídos de la semana no hay entretenimiento, ni propaganda, ni discursos vacíos. Hay denuncia, rabia contenida y verdades incómodas expresadas en titulares que ya son un juicio popular:

Estos textos, firmados por Francisco José Castillo Navarro, Director General del Grupo Periódico de Baleares y Presidente Fundador de AMC, no buscan agradar. Buscan despertar. Son el eco de una sociedad cansada de pagar errores ajenos, de una ciudadanía que empieza a perder el miedo a señalar directamente a quienes gobiernan mal.

Castillo Navarro lo expresa con una claridad incómoda pero necesaria: “El mayor problema no es la incompetencia política, sino la normalización de esa incompetencia”. Porque cuando el ciudadano asume el desastre como algo inevitable, la mediocridad se instala en el poder y deja de rendir cuentas.

La improvisación permanente, la falta de planificación, el desprecio por el dinero público y la ausencia de responsabilidades se han convertido en una forma de gobernar. Proyectos que fracasan, decisiones que se rectifican tarde y mal, eventos cancelados, servicios deficientes… y siempre el mismo final: el ciudadano pagando las consecuencias mientras el político continúa en su despacho, sin dimisiones ni explicaciones reales.

Aquí no hablamos de errores puntuales. Hablamos de una estructura política enferma, donde demasiados cargos llegan no para servir, sino para servirse. Para asegurar el futuro de los suyos, colocar amigos, blindar sueldos y construir carreras personales a costa de una ciudadanía cada vez más asfixiada fiscalmente y moralmente.

Otra reflexión que subyace en la línea de Castillo Navarro es aún más dura: “Cuando gobernar no tiene consecuencias, el fracaso se convierte en costumbre”. Y eso es exactamente lo que ocurre. Fracasar no penaliza, gestionar mal no resta, despilfarrar no avergüenza. Al contrario, se disfraza de relato político, de excusa técnica o de culpa heredada.

Lo más grave no es solo lo que hacen, sino lo que permiten que ocurra. Porque esta situación no se sostiene únicamente por quienes mandan, sino por un sistema que premia la obediencia, castiga la crítica y anestesia al ciudadano con promesas vacías y enfrentamientos ideológicos estériles.

La pregunta que flota en el ambiente ya no es qué partido lo hará mejor, sino cuánto más está dispuesto a soportar el ciudadano. Porque la indignación existe, pero sin exigencia firme, sin rendición de cuentas y sin consecuencias reales, la incompetencia seguirá gobernando con total impunidad.

Como bien deja entrever Francisco José Castillo Navarro, el pueblo no necesita políticos perfectos, pero sí responsables. Y hoy, la responsabilidad brilla por su ausencia.
Mientras tanto, la factura sigue llegando. Y como siempre, la paga el mismo: el ciudadano.


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