“Dejé Siria cuando era niña, aferrada a mis libros de la escuela, buscando seguridad y pensando que el hogar nunca volvería a ser una realidad para mí. La semana pasada regresé de nuevo a mi país, no como refugiada, sino como Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF. Y, sin embargo, en el momento en que aterricé en Damasco, volví a ser aquella niña de Daraa, con las mismas preguntas que millones de niños y niñas sirios siguen haciéndose: ¿estaré a salvo? ¿Podré aprender? ¿Tendré un futuro?
Son preguntas que no desaparecen. Son preguntas que millones de niños y niñas sirios cargan cada día. Pero ahora empezamos a tener respuestas.
En un aula en la zona rural de Damasco conocí a una joven a la que llamaré Tala. Tiene 18 años. Me contó que había sido desplazada tres veces antes de cumplir diez años. Cada vez, su educación se interrumpía. Cada vez, tenía que empezar de nuevo. Cuando la miré, vi en ella a mi yo más joven, con los mismos miedos, las mismas esperanzas y la misma determinación firme por aprender.
Tala no es una excepción. Una encuesta reciente de UNICEF ha revelado que uno de cada tres adolescentes sirios de entre 15 y 19 años ha sido desplazado al menos dos veces, siendo la búsqueda de seguridad la razón más frecuente para huir. Para estos niños y niñas, la escuela no es solo un lugar para aprender. Es protección. Es estabilidad. Es esperanza.
Siria se encuentra en un momento decisivo. En todo el país presencié algo que no esperaba sentir con tanta intensidad: esperanza. Existe una renovada determinación entre madres, padres, docentes, jóvenes y autoridades locales para reconstruir. Los avances son visibles. Las comunidades vuelven a unirse.
Pero esa esperanza es frágil. Aunque los combates a gran escala han disminuido en algunas zonas, los niños y niñas siguen enfrentándose a riesgos diarios por restos explosivos de guerra, infraestructuras dañadas y servicios desbordados. Se han registrado casi 1.000 incidentes con artefactos explosivos, que han provocado cerca de 1.800 víctimas, entre ellas al menos 193 niños y niñas fallecidos y 466 heridos.
La magnitud de lo que han soportado los niños y niñas es abrumadora. Más de cuatro millones de personas en Siria siguen desplazadas internamente fuera de los campamentos. Y además 1,35 millones viven en campamentos. Una de cada cuatro personas en Siria vive en pobreza extrema y dos tercios de la población se sitúan por debajo del umbral de pobreza de ingresos medios bajos.
Y, sin embargo, en cada comunidad que visité vi jóvenes que se negaban a definirse por lo que habían perdido. Hablaban con fortaleza y dignidad. No se ven como víctimas. Se ven como el futuro de Siria.
Los jóvenes de todo el país me recordaron al jazmín que crece en toda Siria: resiliente, arraigado y decidido a florecer de nuevo. Como el jazmín que brota incluso en las condiciones más duras, los niños y niñas de Siria siguen levantándose.
Pero la resiliencia nunca debería sustituir al apoyo y la inversión. Y en estos momentos, a millones de niños y niñas se les está pidiendo que sean fuertes sin contar con los recursos que necesitan desesperadamente.
La educación sigue siendo la prioridad más urgente. Sin seguridad, los niños y niñas no pueden aprender. Sin escuela, no hay futuro. Sin embargo, millones de niños y niñas sirios siguen sin escuela porque los centros fueron dañados o destruidos, porque sus familias son demasiado pobres o porque han sido desplazados una y otra vez.
En Sbeineh, a unos 14 kilómetros al sur de Damasco, conocí a Fátima, de 18 años, que fue desplazada durante años en Alepo y tuvo grandes dificultades para continuar sus estudios. Ahora, con la paz abriéndose paso en Siria, ha logrado regresar a su comunidad y volver a la escuela, inspirada por la posibilidad de contribuir a un nuevo futuro para su país. Fátima sueña con ser médica para tratar a niños y niñas enfermos y ayudar a evitar su sufrimiento.
Pero la situación sigue siendo muy compleja y no todas las niñas tienen la suerte de Fátima. Muchas aulas están abarrotadas y algunos niños y niñas se ven obligados a trabajar para ayudar a sus familias a sobrevivir. Las niñas, en particular, corren un mayor riesgo de abandonar la escuela, de matrimonio infantil y de perder el futuro que merecen. Invertir en la educación de las niñas es invertir en la recuperación de Siria, y hago un llamamiento a la comunidad internacional para que dé un paso al frente. Siria no puede hacerlo sola.
UNICEF trabaja en toda Siria y en los países vecinos para llegar a estos niños y niñas. Estamos rehabilitando escuelas, restaurando sistemas de agua, proporcionando servicios de salud y nutrición, apoyando la salud mental y la atención psicosocial y ayudando a que la infancia vuelva a aprender.
Junto a aliados locales sobre el terreno, también estamos invirtiendo en el desarrollo de habilidades, la formación profesional y las oportunidades de empleo para los jóvenes, porque la recuperación de Siria se construirá con su juventud.
Lo que más me impresionó en esta visita es que los jóvenes aquí no están esperando ayuda. Están listos para reconstruir su país. No piden caridad. Piden oportunidades: educación, habilidades y un lugar en la mesa donde se toman decisiones sobre su futuro.
Pero esta es la dura realidad: el déficit de financiación es ahora una de las mayores amenazas para la infancia en Siria. Las necesidades siguen siendo enormes mientras la financiación disminuye. Sabemos lo que funciona. Sabemos cómo rehabilitar escuelas, restablecer servicios esenciales y apoyar la recuperación de los niños y niñas. Lo que falta es la inversión sostenida para hacerlo a gran escala.
La recuperación requiere financiación previsible y a largo plazo, no soluciones a corto plazo. A medida que Siria pasa de la emergencia a la recuperación, el apoyo debe ser flexible para que los aliados puedan fortalecer los sistemas nacionales y superar las respuestas temporales. Sin esa inversión, los avances que he presenciado no se sostendrán.
Quiero ser clara: Siria no es solo una historia de necesidades. Es una historia de potencial. Cada joven que conocí en esta misión lo confirmó. El mayor recurso del país es su gente, y sus niños, niñas y jóvenes están preparados para impulsar la recuperación y el crecimiento si se les da la oportunidad. Deben estar en el centro de la recuperación y la reconstrucción.
Esta generación de niños y niñas sirios no debe heredar las penurias del pasado. No debe revivir el ciclo de pérdida y desplazamiento que marcó mi infancia y la de millones más.
Para mí, esta visita fue un regreso a casa, pero un regreso con propósito. Volví a Siria para escuchar a los niños y niñas, para amplificar sus voces y para llevar su mensaje al mundo: no han renunciado a su futuro y nosotros no debemos renunciar a ellos.
La paz y la seguridad no son privilegios. Son el punto de partida para el futuro de cada niño y niña. Cada niño en Siria merece crecer a salvo, aprender, soñar y reconstruir. Es su derecho y es nuestra responsabilidad hacerlo realidad.
Debemos mantener a Siria visible, no olvidada”.
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