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Interferencias en el Casal Solleric: cuando la exposición deja de estar quieta


✍️ AMC Eventos & Cultura/ Irene Navarro

QSL activa la memoria crítica de la Joven Plástica mallorquina desde una red internacional de performance, arte postal y comunicación lenta

El Casal Solleric ya no es solo un espacio de contemplación. Durante estos días se convierte en un territorio intervenido, atravesado por señales, gestos, acciones y ruidos que alteran el recorrido expositivo. La performance QSL. Performar la exposición irrumpe en las salas para activar, tensionar y reprogramar la muestra “La gratuidad es una agresión. La Joven Plástica y la renovación de las artes en Mallorca, 1969-1982”, estableciendo un puente crítico entre generaciones artísticas separadas por más de medio siglo.

La intervención conecta a estudiantes del Grado en Bellas Artes de ADEMA, del Columbia College de Chicago y de la Academy of Fine Arts de Gdansk, que operan el espacio como si fuera una frecuencia abierta. No ilustran la exposición: la hackean. Introducen interferencias, desplazamientos y nuevas capas de lectura que dialogan con las obras históricas desde el presente hiperconectado.

Bajo el título “Interferencias”, las acciones performativas se despliegan como prácticas situadas que cuestionan la idea de exposición cerrada, de relato único y de obra intocable. El gesto es claro: la historia del arte no se visita, se reactiva. Y hacerlo implica asumir fricciones, errores, ruido y participación.

QSL forma parte del programa de mediación ANÈCDOTA y se inscribe en una lógica pedagógica que entiende el aprendizaje artístico como proceso compartido, no como resultado final. Aquí, el alumnado no ocupa un lugar secundario: produce discurso, altera jerarquías y problematiza la autoría, en sintonía con los debates que ya estaban latentes en la Joven Plástica de los años setenta.

La exposición revisita un periodo marcado por la transformación política y social del tardofranquismo y la transición, cuando el arte en Mallorca ensayó nuevas formas de hacer, mostrar y circular, alejándose de los modelos institucionales dominantes. Conceptualismo, accionismo, arte pobre, pop o neofiguración aparecen no como estilos cerrados, sino como estrategias de resistencia.

Es precisamente en esa genealogía donde se sitúa QSL. No como homenaje, ni como relectura nostálgica, sino como continuidad crítica. “No se trata de repetir, sino de transmitir”, señala el artista y profesor Dan Norton, impulsor del proyecto junto a Jaume Reus. Transmitir implica aceptar que el mensaje cambia al ser recibido, intervenido y devuelto.

El proyecto se inspira en la tecnología temprana de la radio y en las tarjetas QSL, objetos físicos que confirmaban una conexión a larga distancia. Frente a la inmediatez digital, QSL recupera el valor de la comunicación lenta, material y frágil. Durante doce semanas, los participantes intercambiaron señales visuales y sonoras concebidas como mensajes abiertos, que fueron transformados y enviados por correo postal, reintroduciendo el tiempo y la espera como parte activa del proceso creativo.

Estas piezas de arte postal posdigital se integran ahora en el recorrido del Casal Solleric, conviviendo con obras históricas y estableciendo un diálogo directo con prácticas como el mail art, presentes también en la exposición. El resultado no es una suma ordenada, sino una constelación de cruces, ecos y contaminaciones.

Palma es la primera parada de un proyecto que continuará en Gdansk, Chicago y Nairobi, donde QSL se expandirá hacia otros contextos culturales y sociales, incorporando miradas no occidentales y ampliando el campo de resonancia del proyecto.

La acción se desarrolla además en el marco de las fiestas de Sant Antoni y se acompaña de una intervención sonora en directo del estudiante Antoni Vidal, que introduce la guitarra como un nuevo canal de transmisión dentro de la experiencia.

QSL plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué significa hoy producir arte crítico en un mundo saturado de imágenes y mensajes? La respuesta no es un manifiesto, sino una práctica: emitir, recibir, interferir… y volver a emitir.



Porque la cultura no se cuenta, se vive. Nos leemos en la próxima.


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