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La neurociencia revela que el TDAH en adultos no es un defecto, sino un neurotipo con un funcionamiento cerebral diferente que influye en la atención, las emociones y la creatividad.
Durante décadas, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) se ha abordado principalmente como un problema de conducta, atención o autocontrol. Sin embargo, los avances en neurociencia están ofreciendo una visión más amplia y compleja: la de un cerebro que procesa, siente y se relaciona con el entorno de forma diferente, no defectuosa.
El neurocientífico e investigador en salud mental Miguel Toribio-Mateas, diagnosticado de TDAH y autismo en la edad adulta, defiende que este trastorno debe entenderse como una experiencia cuerpo-mente. En su reciente libro Cuerpo y mente. TDAH, subraya que este enfoque reduce el estigma y permite a muchas personas replantear su historia personal tras años creyendo que “algo no funcionaba bien” en ellas.
Desde esta perspectiva, el TDAH se asocia a una mayor capacidad de pensamiento divergente, creatividad y conexión de ideas inesperadas, cualidades que pueden destacar especialmente en ámbitos como el arte, la ciencia o la tecnología. Para muchas personas adultas, recibir un diagnóstico supone el inicio de una nueva etapa de comprensión y autoaceptación.
Diagnóstico tardío y salud mental
En los últimos años se ha detectado un aumento de diagnósticos de TDAH en adultos, especialmente en mujeres, un fenómeno vinculado a una mayor visibilidad del trastorno y a la revisión de criterios clínicos. Muchas personas fueron diagnosticadas previamente de ansiedad o depresión, cuando el origen real de sus dificultades era un TDAH no identificado.
Estudios recientes apuntan, además, a un infratratamiento del TDAH en adultos. La falta de diagnóstico puede favorecer el desarrollo de problemas emocionales, consumo de sustancias o un aumento del riesgo de conductas autolesivas, especialmente en colectivos sometidos a un mayor estrés social.
Un neurotipo, no una enfermedad
Desde el ámbito científico se empieza a consolidar la idea de que el TDAH no es una enfermedad, sino un neurotipo, una forma distinta de funcionamiento cerebral. En la edad adulta, las diferencias estructurales son mínimas, pero sí se observan particularidades en la activación de redes cerebrales relacionadas con la regulación emocional, el sistema de recompensa y las funciones ejecutivas.
La corteza prefrontal —implicada en la planificación, la toma de decisiones y la atención— interactúa de forma diferente con el sistema límbico, lo que explica tanto la dificultad para regular emociones como la capacidad de hiperfocalización en tareas altamente motivadoras. La dopamina, clave en el sistema de recompensa, desempeña un papel central en este proceso.
Este enfoque invita a un cambio de lenguaje y de mirada: dejar de hablar de déficit para centrarse en diversidad neurológica, comprensión y adaptación del entorno a las necesidades reales de las personas con TDAH.









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