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Gobernados por la incompetencia que toleramos

Pedro Sánchez


Francisco José Castillo NavarroDirector General del Grupo Periódico  de Baleares, Presidente Fundador de AMC/

“Qué época tan terrible en la que los idiotas gobiernan a los ciegos.”
Esta frase no es un exabrupto ni una provocación vacía. Es una radiografía brutal del presente. Define una época en la que el poder ya no se gana por mérito, capacidad o conocimiento, sino por la habilidad de manipular emociones de una sociedad que ha renunciado a pensar por sí misma.

Cuando una población deja de cuestionar, cuando acepta relatos simples para problemas complejos, el poder se concentra inevitablemente en manos de líderes incompetentes, irresponsables o directamente peligrosos. No es un fenómeno exclusivamente vertical. No ocurre solo porque “ellos” mandan. Ocurre porque demasiados dejaron de mirar, demasiados delegaron su criterio y demasiados prefirieron la comodidad de la ignorancia.

En muchas sociedades modernas, más del 60–70 % del consumo informativo se reduce a titulares, fragmentos de vídeo y mensajes virales, donde el contexto desaparece y la emoción sustituye al análisis. Esta dinámica no es casual: favorece la simplificación, la polarización y la manipulación constante. La ceguera no es individual, es cultural: menos lectura profunda, menos debate real, menos pensamiento crítico. Se opina más, se entiende menos.

En este terreno fértil prosperan los líderes sin preparación ni ética, expertos en captar atención, pero incapaces de gobernar con responsabilidad. Estudios políticos muestran que los discursos simples y polarizantes pueden incrementar el apoyo electoral entre un 20 y un 30 % frente a mensajes complejos y fundamentados. No gobiernan por sabiduría, gobiernan por carisma vacío, por miedo, por enemigos inventados y por promesas fáciles que no resisten los datos, la historia ni la realidad.

A lo largo de los siglos, las crisis más devastadoras económicas, sociales, morales y humanitarias han coincidido con contextos donde la sociedad abdicó de su juicio crítico. Cuando se normaliza la ignorancia, cuando se desprecia el conocimiento y se ridiculiza al que sabe, el poder deja de premiar la competencia y empieza a recompensar la mediocridad ruidosa y la mentira eficaz.

Pero no todos seguimos dormidos.

Algunos hemos despertado de esta pesadilla. Hemos comprendido que la ceguera no es inevitable, que la ignorancia no es una virtud y que el silencio también es una forma de complicidad. Despertar implica incomodidad, esfuerzo y conflicto, pero también responsabilidad. Significa volver a preguntar, exigir pruebas, defender el pensamiento crítico y rechazar el discurso fácil, incluso cuando resulta tentador.

Cambiar esta realidad no será inmediato ni sencillo. Requiere educación, memoria histórica, valentía intelectual y participación activa. Requiere luchar contra la manipulación, contra la apatía y contra la idea peligrosa de que “nada se puede hacer”. Sí se puede. Pero solo si dejamos de mirar hacia otro lado.

Una sociedad que no ve, no pregunta y no exige termina siendo gobernada por quienes menos deberían hacerlo. Este texto no es un lamento ni una nostalgia del pasado. Es una llamada a la acción.
Porque si los despiertos no luchan por cambiarlo todo, los ciegos seguirán entregando el poder a los idiotas. Y entonces, el futuro no será una sorpresa, sino una derrota anunciada.


FJCN

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