-->
Sígueme en Facebook  Sígueme en Twitter Sígueme en YouTube Sígueme en Instagram Sígueme en Telegram Sígueme en TikTok

 


El pueblo de Cuba, rehén de dos fracasos

 


✍ Rita Toymil, Escritora/

El pueblo de Cuba, rehén de dos fracasos

Cuba es una isla acostumbrada a resistir. A resistir huracanes, carencias y silencios. Pero desde hace más de seis décadas, la carga más pesada no proviene del clima ni de la suerte: proviene de dos fracasos que se miran de frente, se culpan mutuamente y, mientras tanto, aplastan la vida cotidiana de millones de cubanos. Entre ambos, el ciudadano común no es actor ni beneficiario: es rehén.

El fracaso interno: un proyecto que perdió su alma

El proyecto nacido en 1959 despertó una esperanza genuina. Para muchos, significó dignidad, educación, salud y la sensación de, por fin, tomar las riendas de su destino. Los primeros años parecían prometer un país justo, donde el sacrificio colectivo era una inversión en sueños compartidos. Sin embargo, la esperanza pronto quedó atrapada en un sistema que confundió unidad con obediencia, soberanía con inmovilidad y lealtad con silencio.

La economía centralizada asfixió la iniciativa, la creatividad se volvió peligrosa, el talento emigró o se apagó. Hoy, los salarios no alcanzan, las mesas están vacías y el futuro siempre parece estar en otra parte. No es solo escasez, es vivir con la sensación constante de que el esfuerzo personal no cambia nada, de que los sueños se deshacen antes de nacer.

Cuba atraviesa un agotamiento histórico. La reciente declaración de Díaz-Canel anunciando nuevas medidas de un “Período Especial” es un recordatorio cruel: otra vez se pide más sacrificio, otra vez la misma historia de penurias, filas y apagones. La pregunta que arde en cada cubano es inevitable: ¿cómo es posible que después de 67 años de Revolución se siga pidiendo más a quienes ya lo han dado todo?

La crisis es sistémica: economía paralizada, salud colapsada, educación deteriorada, infraestructura en ruinas y emigración masiva que vacía el país de fuerza laboral y esperanza. Hablar de “resistencia” ya no suena heroico, suena a desconexión con la vida real de millones de personas.

El fracaso más doloroso no es estadístico, es humano. Es la familia rota por la emigración, el joven que sueña con irse antes de imaginar un proyecto propio, el anciano que defiende conquistas pasadas mientras hace interminables filas. Un país no se empobrece solo cuando falta dinero, se empobrece cuando se le agota la esperanza. Después de casi siete décadas, un proyecto que solo ofrece más sacrificio ha agotado su legitimidad histórica.

El fracaso externo: el peso de la presión

A este desgaste se suma una política externa que no alivia, sino que profundiza la herida. El embargo estadounidense, presentado durante décadas como herramienta de cambio, golpea principalmente a quienes menos poder tienen: los ciudadanos de a pie.

La política actual de Estados Unidos, con sanciones cada vez más agresivas para asfixiar al régimen, se traduce en medicinas que no llegan, oportunidades que desaparecen, precios que suben sin control y la sensación de un futuro imposible. La crisis energética es la cara más cruel de esta presión: apagones prolongados, industrias paralizadas, hospitales al límite, hogares sumidos en la oscuridad. Los alimentos se pierden, el transporte colapsa, los servicios de salud se interrumpen y la vida cotidiana se deteriora cada día.

Un país sin energía es un país paralizado. Y un pueblo sometido a apagones constantes no puede organizarse, producir ni vivir con dignidad. Esta presión no provoca cambios inmediatos en el poder, pero genera desesperación, migración masiva y fractura social. Lo más cruel es que no golpea a la élite, sino al ciudadano común. Mientras Estados Unidos dice apoyar al pueblo cubano, en la práctica lo empuja al límite, donde la supervivencia diaria se convierte en una lucha permanente. La paradoja es cruel: una presión que no libera, pero sí endurece la vida; una estrategia que no derriba al poder, pero prolonga el estancamiento.

El rehén que sigue viviendo

Entre ambos fracasos queda el pueblo cubano. No como espectador, sino como rehén. Atrapado entre un gobierno incapaz de reformarse y asumir responsabilidades históricas, y una política externa que apuesta al sufrimiento como herramienta de presión, el ciudadano común vive una existencia de resistencia perpetua.

Cuba no necesita más discursos heroicos ni castigos externos. Necesita cambios reales: apertura económica, libertades, reconstrucción institucional y una política internacional que deje de usar a la población como moneda de cambio. Sin eso, hablar de sacrificios es condenar a un país a la supervivencia eterna, sin futuro ni dignidad.

Reconocer estos fracasos no es renunciar a Cuba. Es un acto de amor. Es mirar a los cubanos no como cifras ni herramientas de poder, sino como seres humanos que merecen esperanza, oportunidades y una vida plena. Es hora de que un país que ha resistido tanto pueda dejar de sobrevivir y empezar a vivir de verdad.

👉 Aquí puedes leer más artículos de Rita Toymil

Publicar un comentario

0 Comentarios