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✅ La exhumación de Franco y la maldición de Cuelgamuros



Francisco José Castillo NavarroDirector General del Grupo Periódico  de Baleares, Presidente Fundador de AMC/

Las civilizaciones antiguas lo sabían bien: LOS MUERTOS NO SE TOCAN. No era superstición barata, era RESPETO, era TEMOR SAGRADO, era la comprensión profunda de que perturbar el descanso eterno rompe un equilibrio invisible que tarde o temprano se paga.

Por eso ha llegado hasta nosotros la historia del noble inglés Lord Carnarvon, ligado a la apertura de la tumba del faraón Tutankamón. Aquella excavación se sumaba a una antigua maldición asociada a las momias y a las tumbas reales egipcias: quien osa perturbar la paz de esos restos mortales cae víctima de la MALA SUERTE, las ENFERMEDADES y finalmente la MUERTE.

En 1923, apenas cuatro meses después de abrir la tumba, Carnarvon fue picado por un mosquito. La infección derivó en SEPTICEMIA, luego en neumonía, y terminó con su vida. Se cuenta que a la misma hora su perra aulló y cayó fulminada en Londres, mientras en El Cairo un apagón inexplicable dejó a oscuras la ciudad. Y en la antecámara del faraón, el arqueólogo Howard Carter encontró grabada en un óstracon de arcilla una advertencia que atraviesa los siglos:

«La muerte golpeará con su miedo a aquel que turbe mi reposo».

España decidió ignorar esa advertencia.

Aquí, donde padecemos gobiernos que han perdido el contacto con la historia, la moral y el sentido común, nadie quiso recordar esa lección cuando el 24 de octubre de 2019, bajo el mandato de Pedro Sánchez, se consumó otra profanación moderna: la exhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos.

Aquello no fue un simple trámite ni una decisión técnica: fue REVANCHISMO IDEOLÓGICO, fue HUMILLAR A UN MUERTO para satisfacer una agenda política, fue convertir un cadáver en instrumento propagandístico, una operación calculada para reabrir heridas, reescribir el pasado y alimentar el enfrentamiento, todo ello envuelto en un falso discurso de “memoria” que ocultaba una utilización obscena de la historia al servicio del poder.

España, culpable también por haber entregado con sus votos las poltronas a semejantes INDIGENTES INTELECTUALES, cruzó una línea moral. Y desde aquel día aciago comenzó una cadena de desgracias que muchos prefieren llamar casualidad.

Pero las ABOMINACIONES TRAEN MALDICIÓN.

España ya era una CIÉNAGA MORAL, sí, pero desenterrar un muerto fue la gota que colmó el vaso. Así nació lo que muchos llaman ya la MALDICIÓN DE CUELGAMUROS, un castigo contra la INQUINA y la COBARDÍA de quienes OFENDEN A LOS MUERTOS, OFENDEN A DIOS y TRAICIONAN A LA PATRIA.

Poco después llegó el Covid-19, una pandemia MUNDIAL, pero que en España golpeó con especial crudeza por la incompetencia del poder. El primer caso se conoció el 31 de enero de 2020 y, tras el infame 3-M y consignas absurdas, llegaron DECENAS DE MILES DE MUERTOS, residencias abandonadas, hospitales colapsados, miles de empresas cerradas y familias arrojadas a la pobreza.

Como si aquello no bastara, 2021 se convirtió en uno de los años más siniestros en incendios: Sierra Bermeja, casi 10.000 hectáreas calcinadas, otros 39 grandes fuegos y más de 202.927 hectáreas reducidas a ceniza. Después apareció Filomena, con nevadas históricas y pérdidas multimillonarias, solo Madrid cifró daños cercanos a 1.800 millones de euros.

Llegaron las DANAS, arrasando pueblos y cosechas, culminando en Valencia en 2024 ante la pasividad del Gobierno. Se intensificó una actividad sísmica anormal con más de 1.500 seísmos en el mar de Alborán, algunos sentidos con magnitudes de hasta 3,8 grados. Las OLAS DE CALOR batieron récords de hasta 47 grados, incendios como el de Ávila arrasaron 5.000 hectáreas, cinco regiones entraron en alerta máxima y otras seis en naranja; desde 2021 vivimos algunas de las más intensas jamás registradas.

Y como símbolo perfecto del desorden general llegó la erupción volcánica de La Palma entre septiembre y Navidad de 2021, la primera desde Teneguía: más de 1.500 movimientos sísmicos, miles de evacuados, pueblos enteros sepultados, plantaciones e infraestructuras destruidas.

Mientras tanto, desde 2021 la INFLACIÓN se disparó (6,5%), las cestas de la compra se volvieron inasumibles, el paro estructural se enquistó, la deuda alcanzó máximos históricos, España quedó aislada internacionalmente y el campo empezó a morir por la SEQUÍA, primero en Cataluña y después extendiéndose incluso a Asturias y Galicia.

A todo ello se suman la DANA de Valencia con más de 200 muertos oficiales, nuevas inundaciones en el sur en 2026 y tragedias como el accidente ferroviario de Adamuz con 45 fallecidos.

¿Todo esto es casualidad?

Demasiados golpes.
Demasiado seguidos.
Demasiado profundos.

Las culturas antiguas lo sabían: PERTURBAR EL REPOSO DE LOS MUERTOS TIENE CONSECUENCIAS. No hacen falta fantasmas ni maleficios místicos. La verdadera maldición adopta formas mucho más terrenales: DECADENCIA, POBREZA, MIEDO, DESCOMPOSICIÓN INSTITUCIONAL y PÉRDIDA DE RUMBO NACIONAL.

España cruzó una línea en octubre de 2019.

Y desde entonces camina bajo la sombra de Cuelgamuros.

Porque cuando un país pierde el respeto por sus muertos, casi siempre es porque ya ha empezado a perder el respeto por sí mismo.


👉 Si quieres leer más artículos del autor, enlace: Francisco José Castillo Navarro


FJCN

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